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martes, 14 de enero de 2014

GAUGUIN y su búsqueda por la innovación, la llegada del SIMBOLISMO PICTÓRICO:



GAUGUIN y su búsqueda por la innovación, la llegada del SIMBOLISMO PICTÓRICO:

Se trata de un pintor muy influido por Cézanne, aspecto que le pasó factura siendo considerado como plagiario de éste. Cronológicamente se situaría en el contexto del neoimpresionismo, pero como muchas figuras del momento debemos considerarle como “un caso excepcional”. Se inicia en la pintura con Pissarro, por lo que conoce el impresionismo. Al principio, sus obras son del estilo de (Imagen 1), la cual renueva el concepto de bodegón de Cézanne o Degas, inserta dos géneros: la naturaleza muerta y el retrato, marcando la innovación que buscará en toda su obra desde sus inicios.



Imagen 1: Naturaleza muerta con perfil de Laval. Retrata a  Charles Laval, otro pintor amigo de Gauguin. Tipología pictórica que tomaría de Degas, siendo el bodegón tomado de Cézanne.

Sin embargo, la figura que marcará decisivamente su carrera será Bernard, pintor que conoce el trabajo de Toulouse-Lautrec y Van Gogh. De mano de este pintor iniciará la búsqueda de un nuevo estilo alejado del impresionismo.

En la huida del impresionismo, toma influencias muy diversas de varios autores como Manet, para crear su desarrollo artístico. No gusta de la creación del espacio a la que tendía el impresionismo, huye del paisaje y la naturaleza pura, por lo que suprime las perspectivas y los instrumentos que se usan para crearlas: claroscuros, sombras y superposición de figuras, entre otros. El pintor consideraba a los neoimpresionistas como “jovencitos químicos que acumulan puntitos”. Por lo que busca que su pintura vaya más allá y busca impactar al espectador mediante escenas simples, huyendo los artificios. Lo que creará composiciones abstractas de las que poco después parece que beberá Gogh o viceversa, y su intenso colorido, pero que se caracterizan por su naturalismo y simplicidad. 

Bernard y su fuerte catolicismo le influirán en la creación de obras que contrasten este tema con el mundo moderno. La técnica que Bernard había desarrollado es el “cloisonniste” que a resumidas cuentas consiste en: el gusto por la línea negra gruesa y marcada, reforzando el color, que es intenso y se extiende plano por amplias zonas. Marca una ruptura con el momento impresionista anterior, deshace los muchas, finas y tenues pinceladas que articulaban las obras anteriores. El color debe ser el instrumento principal y debe estar lo más intensificado posible, para así captar la atención plena del espectador. Por lo que podríamos hablar de un pintor que pretende crear una nueva doctrina más simbólica y mágica, lo que le atribuirá un reconocimiento como “simbolista” en el desarrollo de su pintura. En Gauguin vemos un desarrollo pleno de la disposición asimétrica, así como la influencia de las estampas japonesas de las que también era participe Gogh. El ídolo fetiche que Gauguin encuentra en el trabajo de Bernard se convertirá en un personaje crucial de su obra, creando una relación con las mujeres bretonas que representa adorando su calvario. La obra que mejor transmite este concepto sería “El Cristo amarillo”. (imagen 2).



Imagen 2: “El Cristo amarillo” 1889. Allbright-Knox Art Gallery, Buffalo. ¿Se trata Cristo acaso de una escultura? Aquí entra a notarse el juego conceptual de Gauguin, el cual parte de la mentalidad primitiva y nos refleja un Cristo que parece sacado de los calvarios bretones, que podría llegarse hasta entender como una alucinación de las mujeres, hasta una aparición del mismísimo Gólgata. En el primer plano, las mujeres bretonas se arrodillan formando una ligera curva, sin superponerse (como hemos mencionado anteriormente) y sus siluetas y tintes quedan muy separados de la intensidad del Cristo, lo que nos lleva a sospechar que se trate de una Escultura y no el cuerpo carnal crucificado.

Sin embargo, otra obra muy característica e interesante del momento sería “Visión después del sermón: Jacob luchando con el ángel” (Imagen 3) en la cual vemos como las mujeres bretonas presencian un combate bíblico, separando la escena sobrenatural por el instrumento paisajístico del árbol. 



Imagen 3: “Visión después del sermón: Jacob luchando con el ángel” 1888 National Gallery, Edimburgo.

En su madurez llegará a desarrollar un simbolismo ligado al movimiento poético del 1886, pero lo más interesante es que no solo recoge la temática religiosa, sobrenatural y filosófica, sino que también los recursos estéticos, como el lenguaje simbolista que busca la pureza y combinación de imágenes variadas e intensas. A Gauguin, al igual que a Rodin, se le reconoce también un gusto por la escultura y los relieves, lo que le llevará a crear magníficas obras como “Enamorados y seréis felices” Imagen 4




Imagen 4: “Enamorados y seréis felices” 1889 Museo de Bellas Artes,Boston. Lo más innovador de la obra es “el arte escultórico del bajorrelieve”, formas y colores en el carácter de la materia, así como el rico juego de bulto, el pigmento y las texturas. Temáticamente, vemos como el artista, ejemplificado en un demonio, tienta a la mujer y ella intenta resistirse.

El punto más extendido y divulgado en la carrera artística de Gauguin es Tahití. Practicamente se queda prendado de la belleza primitiva de los indígenas, de sus caracteres apacibles y sus perfiles andróginos. A pesar de sumergirse en un arte y cultura oceánicos, su obra sigue siendo europea, solo que cambia drásticamente la temática. Llena a los personajes indígenas de miradas y gestos enigmáticos, representa sus cuerpos desnudos sin ningún recelo  lo que lleva a dejarse llevar por el erotismo en su estadio final. Pero inicialmente, tenemos obras tan significativas como Imagen 5: “Matamúa”.

 
Imagen 5: “Matamúa” Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid. Hay un intenso cuidado por el paisaje, encuentra los colores recién salidos del tubo por doquier en estos ambientes. La explosión del bermellón y los verdes en contraste y armonía que no le brindaba Europa, se encuentra ahora por cada resquicio del Tahití. La pintura representaría un valle olvidado donde todo se ha detenido, sería la edad de oro anterior a la colonización traída por los europeos, antes de que todo se destrozara y se rompiera la armonía en el hilo de la vida primitiva de Oceanía.
 
Esta última obra sería muy reivindicativa, pero armoniosa, que partiría de los mismos conceptos ya expuestos. Son las obras Imagen 6 y 7: “Dos tahitianas” y “Jinetes en la playa” composiciones que innovan en su obra. La segunda vendría a hacer una reverencia a Degas y sus carreras de caballos, pero Gauguin introduce los personajes contra el rico fondo rosa coral, creando un majestuoso contraste. La primera vendría a ser dos mujeres con una ofrenda sagrada, aunque no hay ídolo al que adorar por ninguna parte ya que la divinidad se encontraría justamente en el punto de vista del espectador. Además de la ofrenda de la bandeja, la muchacha ofrece su propio cuerpo a la divinidad, dejando caer sus senos en la bandeja de fruta. No obstante, lo más interesante de la obra sería el cuidado retratista que observamos, hay todo un despliegue de firmeza en el pincel que no se ha percibido anterior. Gauguin contaba con la técnica suficiente para realizar tal obra, pero no lo realiza hasta que se desbordado por la belleza indígena que considera tan menospreciada por el mundo occidental. Lo que vendría a ser un cuadro en el que la figura femenina indígena nos recuerda a la armoniosa belleza de las diosas griegas.

En su segunda etapa en Tahití, tras regresar a Europa, se encuentra en una profunda crisis emocional, que parece que pudiera cerrarse con el mismo final de Gogh que tanto marcó al artista. Sin embargo, el país le despierta de nuevo sus ganas de vivir, y renueva sus convenciones pictóricas. Intentando dar otro paso más allá, así crea “De dónde venimos, qué somos, adónde vamos” (Imagen 8).
 
Imagen 8: “De dónde venimos, qué somos, adónde vamos” hoy en el Museum of Fine Arts de Boston. En la obra vemos la respuesta a las preguntas filosóficas sobrela naturaleza y el valor del sexo, así como la existencia humana. Aquí llega el segundo tema que domina esta etapa: el ritual. Mezclado con la sensualidad que ya nos venía de antes. El simbolismo es la pura celebración religiosa. Hay todo un despliegue simbolista muy laborioso, en el que es interesante destacar como por ejemplo el extraño pájaro que nos puede recordar a un loro es para nuestro pintor “La inutilidad de las palabras vanas”, lo que guarda una metáfora muy lógica, aunque también podría asemejársenos a una interrogación o un símbolo absurdo. Igual los personajes vestidos de púrpura que susurran y meditan junto al supuesto árbol de la ciencia nos vendrían a decir que el conocimiento trae la corrupción y por consecuencia, el sufrimiento. La figura central a la que se dirige nuestra vista sería el mediodía de la vida, que recoge el fruto de la plenitud de hoy. Y a la izquierda tendríamos un ídolo que señala, correspondiendo con el Más Allá, con una mujer que parece escucharle. También aparecería una mujer en su último estadio de vida, acurrucada como las momias precolombinas. Por lo que el despliegue tanto anecdótico como reflexivo, moral, filosófico, trascendental y religioso que Gauguin presenta es extremadamente simbolista. Sería el culmen y explosión de su obra, la cual puede llegarnos a ser difícil de interpretar, dada su riqueza conceptual.

Lo más interesante sería recalcar que con este cierre en obra, Gauguin no pretende resolver el enigma de la vida, sino preservarlo. No hay un espacio común y un tiempo lineal, sino que las figuras se despliegan en ambientes y espacios distintos, aunque se entrelacen. Eso fue lo que nos llevó a tras un elaborado estudio de la obra a poder teorizar sobre su significación.

Con este apartado cerraríamos la figura excepcional de Gauguin, el cual como Van Gogh, consideramos que debía tener un espacio en nuestro blog.
Fernando Malta Avis, publicado el 14/01/2013, Madrid.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Tercer y apartado de cierre a Vincent Van Gogh

Remate a la figura de Van Gogh: el concepto del retrato:

Para terminar con el repaso a la afamada figura de Vincent Van Gogh, procedemos a realizar una leve visión por su carácter más retratista. Abrimos el apartado del pintor con “La Berceuse”, uno de sus retratos más desconocidos y que a opinión personal, guardaba una temática digna a destacar en el blog.
“El campesino,
 retrato de Patience Escalier”

El retrato fue sin duda un paso decisivo durante su carrera, donde fundió la tradición realista traída de su propia tierra de manos de Rembrant y Hals dell XVII con su propia corriente impresionista. Concluyendo una síntesis de la figura humana en la cual el pintor nos posiciona al color como protagonista una vez más. Sin embargo, hay un gran cambio en sus series de retratos: Van Gogh busca ganarse el favor del público, intentando popularizar su uso de los pigmentos fuertes y expresivos, sin fructificación alguna.
El concepto de retrato da un paso más allá de la mano de Vincent, busca reproducir fielmente la fisonomía del personaje y añade los colores estrafalarios y oníricos, con el fin de crear una simbología propia. Uniendo un retrato fiel del exterior del personaje con unos pigmentos surrealistas para llegar a la concepción interior del retrato. Por lo que debemos entender al individuo como un arquetipo. Un ejemplo de esto serie la pareja de retratos de 1888 “El campesino, retrato de Patience Escalier” y “El poeta, retrato de Eugène Bosch”. El primero se trata de la representación de un hombre en avanzada edad que había dedicado su vida a la ganadería vacuna. Pero es transformado en el prototipo del típico campesino: con las extremidades superiores curtidas por el trabajo, la cara con señas de años de labranza y numerosos surcos y arrugas. Además le confiere un toque figurativo para resaltar aún más su profesión, viste el típico blusón azul de trabajador. Un azul intenso, que crea un contraste vivo con el naranja intenso cálido del fondo, que viene a figurar la representación de la cosecha y el ardiente sol de Mediodía. Añadiendo otro motivo más para dejar obvia la personalidad del retratado.
“El poeta, retrato de Eugène Bosch” 
Su pareja, “El poeta, retrato de Eugène Bosch” es la representación nuevamente de un amigo de Vincent, un pintor belga y con ello, cuida las formas y busca con más intencionalidad resaltar su personalidad y figura. Tras el busto del personaje vemos un cielo estrellado, de nuevo una alusión al recurso de la noche que tanto incitaba al pintor. En este caso busca figurar lo infinito mediante un intenso azul que rompe la armonía con el naranja de la cara y la chaqueta del personaje. La obra esconde la significación en este fondo de misterio y estrellas, mientras que el del campesino se hallaba totalmente despejado. Hecho que se debe a que el pintor busca llamar la atención del espectador a diferentes puntos. Para entender el concepto del campesino deben observarse con detenimiento las manos cruzadas sobre el bastón, que contrastan con el camisón de trabajo, el gorro de paja, la cara cansada y abatida tras años de intenso trabajo. Mientras que para el poeta encontramos pocos símbolos en la figura, es un rostro que esconde diferentes sentimientos y por ello tan inmenso y difícil de comprender como la propia galaxia. Un personaje misterioso y enigmático, un artista que esconde todo su pasado en su mente, por ello sobran los brazos y las ropas que pierdan la atención sobre la cara y el fondo de la obra, una extensión de la mente repleta de ideas por brotar del escritor.


"La Silla de Van Gogh"

El término “bodegón” para referirnos a Van Gogh se coge con comillas y bastante mal pinzado, ya que sus “bodegones” o representaciones de naturaleza muerta son una vez más un sentimiento escondido tras la pincelada. Recurre al símbolo de la silla vacía como el propio reflejo de su alma, por lo que en “La silla de Van Gogh” vemos como la silla recoge la pipa y tabaco del pintor, como un leve desahogo hacia sus problemas personales. Las partes del pequeño mueble como las patas y el respaldo se presentan sólidas, y el conjunto en sí es muy simple y tal es su sencillez que se ha llegado a catalogar de “viril”, del mismo modo que se catalogaban las órdenes griegos como dórico frente a las del jónico. 




"La Silla de Gauguin"
Por otro lado, tenemos “La silla de Gauguin” donde se presenta el opuesto al anterior. En el asiento descansan dos noveles como consuelo del arte en la atormentada mente del pintor, la vela nos podría remitir a un “vanita”, pero en este caso solo pretende crear sombras azuladas que llenen de contrastes el cuadro. El contrapuesto de esta silla frente a su predecesora recae en las líneas de los brazos, que se muestran más envolventes y curvadas, afeminadas y refinadas. Por lo tanto, viene a ser la manera en la que Van Gogh sentía al pintor Gauguin.




"Autorretrato" o "Autorretrato
como un bonzo dedicado
a Gauguin".
Para finalizar, debemos citar los propios autorretratos del pintor holandés. Al llegar a Arles, su vida da un cambio radical y se torna a pura celeridad y confusión. Su alimentación es mala y escasa, su descanso prácticamente nulo y su consumo de alcohol, tabaco y café se vuelve excesivo. Pero llega a un momento en el que teme por su propia salud, por lo que postula buenas maneras para él mismo, lo que se conoce como “vivir como un monje que fuera al burdel una vez por quincena”.

Por lo que tenemos una extraña aspiración trascendental, un tanto monacal que se refleja en su autorretrato de septiembre del 1888. Se presenta así mismo con la cabeza rapada, intentando reflejarse como un sacerdote y en el cuello muestra un broche que acentúa la presión del rostro. La mirada se vuelve más profunda y llena de misticismo gracias a la oblicuidad con la que dota sus ojos, intentando representarse como un “un bonzo simple, adorador del eterno Buda”. Por otro lado, en “Autorretrato con la oreja vendada” vemos el declive de la vida de Vincent.

"Autorretrato con oreja vendada"
La representación de su propia figura siempre le resultó confusa y por ello pasa por tantas fases como sus estados anímicos y en consecuencia, nos resulta tan dispar. Pero en un principio se trataba una vez más de intercambios con su fiel amigo Gauguin, el cual le mandaba obras como “Los miserables”. Por lo que el primer retrato comentado fue un mensaje de consuelo a sus amigos artistas, un cuadro tranquilizador sobre la situación del artista. Lo que no se esperaban es lo que sucedería tras la realización del segundo, donde vemos a un hombre absolutamente vencido y resignado. La obra está realizada poco después de su salida del hospital tras el infructuoso y famoso suceso de la oreja que ha provocado una sarta de rumores en la historia rosa del arte. Lo único relevante a destacar, es que su alma se encontraba en un momento de tensión máxima, de incomprensión y desconsuelo profundo. Transmite una mirada perdida, un rostro imperturbable, que oculta horrores interiores. Sentimientos que le llevarán a finalizar con su vida mediante un fortuito tiro en los campos cercanos a Auvers-Sur-Oise en julio del 1890.


Con este último punto, damos por finalizado el apartado a Van Gogh. Apartado que esperábamos llegase un poco más allá de la cotidiana concepción del artista y que ha buscado interoizar en sus obras y personaje más que en su trayectoria llena de baches y técnica pictórica. Temas formales que creemos muy trabajados, mientras que la simbología y sentimentalismo oculto aún está por lograr, ya que nunca conseguiremos sumergirnos en los recuerdos de este gran artista incomprendido de su tiempo. 

Por Fernando Malta Avis